31.8.13

LA FE, PARA VALIENTES


LA FE, PARA VALIENTES


No abrazamos la fe por miedo, sino por AMOR
P. Juan José Ferrero de Paz


"En una asamblea, dialogaban sobre si es posible vivir sin fe. Había diversas opiniones entre los asistentes, aunque al final se llegaba a la conclusión que quien se ha encontrado en su vida con Dios, ya no puede vivir sin la fe, sin poner toda la confianza en Él.


Pero una mujer del grupo expresó la idea siguiente: “nosotros los cristianos tenemos suerte, pues tenemos dónde agarrarnos. Y los que no tienen fe, parece que son más valientes. ¿A dónde se agarran? Nosotros somos como más cobardes”. Volvía aparecer la teoría del guía turístico y que de una forma velada o no tanto se la he escuchado a muchas personas de fe.


“La fe no es para cobardes -encontró eco en otra mujer del grupo- la fe es para valientes, para personas que arriesgan mucho en la vida y que intentan vivir el mensaje de Jesús. Saber amar como Jesús ¿No es de valientes? Saber perdonar ¿No es de valientes?...”.

¡Qué razón tenía esta mujer! Muchas veces hemos concebido la fe o la creencia en Dios como un narcótico o droga que nos evade de la realidad y de nuestro compromiso cristiano; y nos cobijamos en la “fe” para disipar miedos o angustias, y por tanto podríamos decir que esa fe es muy interesada y no fecunda la vida."


 

31.7.13

Todo de María




ALFONSO MARÍA

“hombre de lucha”

P. Juan José Ferrero de Paz


Es nuestro fundador, no hay duda. Alfonso significa “hombre de lucha”; y no fueron pocas las batallas o luchas que tuvo que librar el santo: contra su posición noble, los escrúpulos, el qué dirán, incomprensiones, miedos, fracasos, enfrentamientos con las autoridades, en su familia, en aquel mundo clerical cerrado…, pero en todas aquellas luchas, Alguien le acompañaba: María. ¡Qué bien acertaron sus padres al ponerle el nombre de ALFONSO MARÍA el día de su bautizo!

Recibe las aguas bautismales en una parroquia con el título de Santa María, dos días después del nacimiento, el 29 de septiembre de 1696. Era sábado, el día semanal dedicado a la Virgen. Y muere el 1° de agosto de 1787 a las doce del día, mientras las campanas tocan al Ángelus, la oración del encuentro de Dios con María. Es decir, como señaló Juan Pablo II: “Alfonso fue todo de María, desde la hora de su llegada a la de su muerte”.